Segunda Temporada

16 May, 2007

Asientos azules

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azul

Los asientos son azules. Plástico azul, como las asas de mis tijeras de podar. El jardín está hecho un desastre, y los vecinos se niegan a atar a su puto perro. Un día el desastre se lo encontrarán ellos, cuando les deje su chucho abierto en canal frente a la puerta de casa, a la hora en que sus hijos vuelven del colegio. Es un colegio pijo, de los más caros de la ciudad, y no es una ciudad pobre, ni pequeña. Yo crecí en un pueblo que sí era pequeño, nos conocíamos todos. Allí el médico te conoce y conoce a tu familia; no me habría preguntado si tengo alguna. Ni me habría mirado con esa cara, como sorprendido de que siga con vida. Me sorprendió que el perro se resistiera así; ni siquiera podía saber qué iba a hacerle, no llegó a ver las tijeras de podar que llevaba en la mano izquierda. No siento las manos. El doctor me dijo que lo sentía, que no podía hacer nada por ahora, que había que esperar al cirujano. No sé por qué tanto alboroto por unas tijeras. Mis tijeras de podar son de acero inoxidable, con asas de plástico duro, y hacen que me pese la cabeza. Es incómodo estar así, esperando sentado, intentando mantener la cabeza derecha. Me cuesta pensar en linea recta. Delante hay una hilera de asientos. Los asientos son azules. Plástico azul, como las asas de mis tijeras de podar.

14 May, 2007

Sola en invierno

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nieve

Llevaba ya un buen rato despierta, pero tardó en encontrar una razón para levantarse. Como todos los días. Finalmente decidió que algo de actividad la ayudaría a olvidarse de su soledad más que la pasividad horizontal en que se hallaba sumida. Tomó una ducha y se preparó un café, preguntándose inquieta cuánto más tardaría en dejar de tener agua corriente. Nada le impedía cambiar de casa, pero sabía que eso no resolvería ninguno de sus problemas. Como solía hacer cada mañana, contempló desde su ventana el blanco paisaje al que ya se había acostumbrado. Los árboles proyectaban desnudos relámpagos hacia el cielo gris mientras coches, buzones y otras piezas de mobiliario urbano lucían sus plateadas capas. Pero algo era hoy diferente.
La taza estalló en pedazos al chocar contra el suelo, pero ella no se cortó sus descalzos pies, pues ya trotaba escaleras abajo, sin haberse parado siquiera a cerrar la puerta de casa. llegó exhausta a la calle, y se arrodilló comprobando que no estaba equivocada: la gruesa capa de blanca ceniza que cubría la calle había sido hollada por pisadas humanas. Rompió a llorar mientras seguía las huellas, embriagada de esperanza y alegría. No estaba sola en el invierno nuclear.

23 February, 2007

Pesadilla

Donut

He tenido una pesadilla.

Era un donut humano; una fláccida, hinchada y voluminosa rosquilla de carne rodeando un núcleo vacío y gélido. Mi hueco centro de gravedad y yo marchábamos alegres, ignorantes de la felicidad a la que inconscientemente renunciábamos.

Entonces ocurrió algo inesperado: un corazón cálido, rojo, pulsante apareció en nuestro camino. Mi Vacío tembló, gruñó y me arañó, pero no me detuve; avancé atraído por el vibrante fulgor del hermoso órgano, como polilla hipnotizada por luz artificial, lo sostuve en mis manos, pequeño y vulnerable, y lo introduje en mi centro. El Vacío chilló y pataleó hasta agotar sus fuerzas, celoso y desesperado en su negra maldad al saberse desplazado, y finalmente desapareció.

Desperté de mi pesadilla y busqué inseguro los latidos de mi corazón. Ahí estaban, uniformes y serenos, dando vida a mi cuerpo y fuerza a mi mente. Mi pesadilla duró treinta y un años, y terminó cuando encontré un Corazón que llenó mi vacío. Un Corazón brillante, fuerte, valiente y amable, mucho más valioso de lo que ella misma cree.

Gracias por despertarme de tres décadas de Vacío.

14 September, 2006

Profecías

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Guerra

Quiso la fortuna que la corona de El Reino De Nadie pendiera de un hilo justo cuando la Horda de los Olvidados, raza de muertos vivientes en plena expansión, alcanzaba el continente por el Oeste. Pero lord Teewhilhem Holffjorgen, paladín de la causa de los Hombres del Norte, no estaba dispuesto a permitirlo, y sus legiones de soldados apoyaban su cruzada. Desde la frontera opuesta, el rey elfo Sognal Onit se disponía a impedir el asentamiento de enemigos reales o potenciales a tan escasa distancia de sus sagrados bosques, mediante la ocupación de tan disputado Reino. En las calcinadas montañas del Este, tembló la tierra al surgir de sus profundidades el rugido de Gismaulurung, el milenario dragón negro que, hastiado de su yermo hogar, decidió apropiarse de las tierras centrales que componían El Reino De Nadie.

Sólo una facción saldría victoriosa, pero muchas vidas se perderían en una guerra a cuatro bandas. Tantas, que los respectivos líderes dudaban de si valdría la pena emprender una campaña tan ardua, con tan pocas posibilidades de victoria. Cuando estaba próxima la paz, el respetado y milenario druida Asenterix tuvo una revelación en sueños sobre qué facción ganaría la guerra. Todos los bandos mandaron un emisario para recoger tan importante información, y el profeta les escribió las mismas palabras a todos ellos.

Pero lo que ninguno de ellos sabía es que el lenguaje rúnico de los druidas carecía de signos de puntuación, por lo que estos quedaban al criterio del intérprete. Fue así como el mensajero de los hombres leyó ante Teewhilhem Holffjorgen lo siguiente:

¡Logrará la victoria el paladín! No triunfará el dragón. Nunca estará la corona en manos de los elfos. Jamás el reino pertenecerá a los no muertos.

Enardecido por tales palabras, el paladín se preparó para la invasión del reino. Mientras tanto, en las montañas del Este, el sirviente dracónido de Gismaulurung interpretó del mensaje lo siguiente:

¿Logrará la victoria el paladín? ¡No! Triunfará el dragón. Nunca estará la corona en manos de los elfos. Jamás el reino pertenecerá a los no muertos.

Ajenos a los rugidos de victoria anticipada del anciano dragón, los elfos escuchaban en su sala del trono las palabras de su enviado:

¿Logrará la victoria el paladín? ¡No! ¿Triunfará el dragón? ¡Nunca! Estará la corona en manos de los elfos. Jamás el reino pertenecerá a los no muertos.

Y por último, en las costas recién tomadas por los no muertos, los liches escuchaban a su putrefacto esclavo leer:

¿Logrará la victoria el paladín? ¡No! ¿Triunfará el dragón? ¡Nunca! ¿Estará la corona en manos de los elfos? ¡Jamás! El reino pertenecerá a los no muertos.

Así fue como los cuatro bandos se enfrentaron en una guerra que arrasó El Reino De Nadie hasta no dejar más que cenizas. Una contienda que diezmó por igual las filas de los hombres y los elfos de forma que no se recordaba en siglos, acabando con las generaciones más jóvenes y valientes de una raza que no posee la capacidad humana para repoblar rápidamente sus tierras y dejando a los humanos casi sin ejército, expuestos a que cualquier nación rival atacara a sabiendas de que apenas encontrarían oposición. Un conflicto recordado entre nigromantes de épocas posteriores como el genocidio que casi exterminó por completo su tradición.

Y en medio del caos y el horror, entre miles de cadáveres de todas las razas imaginables, el malherido dragón respiraba entrecortadamente, lamentando haber cambiado sus incendiadas tierras por otras que acabaron en el mismo estado, absurdo trueque que paga con su vida, pues el viejo reptil sabía que sus lesiones eran demasiado graves. Tullido y casi ciego, se echó para descansar y jamás despertó de su sueño.

1 July, 2006

Invierno

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Invierno

La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.

Cuando la vi por primera vez, pensé que jamás estaría a mi alcance. Demasiado bella, demasiado lista, demasiado perfecta. No es que esa sea la clase de preocupación más habitual entre nosotros por aquel entonces; de hecho, cuando ves los cadáveres de tus hermanos jalonando el camino que dejas atrás, el codiciado beso de una bella dama se desdibuja en tu mente.

El invierno estaba resultando aún más duro que de costumbre; el alimento escaseaba, nos fallaban las fuerzas, nuestras mujeres estaban débiles y la mayoría de nuestros hijos morían antes de alcanzar una edad en que pudieran perdonarnos por no haber podido salvarles. En estas circunstancias, ¿cómo podría plantearle a ella ser mi pareja? Sería cruel traer descendencia sólo para condenarla a muerte.

Varias veces alcanzamos una aldea, y siempre fuimos expulsados con violencia de ella. Sus habitantes defendían con uñas y dientes lo poco que les quedaba, y estábamos demasiado débiles para imponerles nuestra presencia. Pero no podíamos seguir huyendo indefinidamente, necesitábamos un lugar en el que quedarnos, en el que darles un futuro a nuestros hijos.

La noche en la que llegamos a ver esta ciudad por primera vez, creímos que nunca podríamos entrar. Pero era mayor la desesperación que la prudencia, y la promesa de un futuro mejor estaba escrita en las luces de los candiles, las risas de los lugareños enclaustrados aún en la taberna más cercana y el humo que manaba de los cientos de chimeneas que jalonaban los tejados. Si no era aquí, no sería en ninguna parte. Entre quedarnos por la fuerza o morir en la tundra helada, no había más que una elección posible.

El comienzo fue difícil; tal como esperábamos, no fuimos recibidos con hospitalidad, sino con odio y miedo. Antes de que pudiéramos tratar de comunicarnos con los ciudadanos, mataron a varios de los nuestros, incluido uno de mis hermanos. Debería haberles odiado por eso, pero incluso mientras veía cómo su cadáver era descuartizado por perros, sólo sentía la necesidad de calmar nuestra hambre, sin importarme cuántos más cayeran. Sin importarme si yo sería el próximo en caer; siempre sería mejor eso que el hambre.

Pasó el tiempo y quizá nuestra insistencia, quizá su falta de fuerzas, nos permitió vencer su resistencia inicial y conquistar la ciudad. Ya no teníamos escrúpulo alguno en hacer lo que fuera necesario para obtener nuestro sustento, y los lugareños experimentaron la rabia y el rencor de quienes han visto morir a sus amigos y familiares, y poco a poco se fueron sometiendo a nuestra voluntad.

Debería mencionar que ella, la inalcanzable, accedió a mi proposición. No es un final memorable para una historia de amor, ¿verdad? No hay tragedia, no hay lucha contra otros pretendientes, ni reticencia inicial por su parte. Fue muy simple, hablé con ella y me aceptó. Fuimos felices y comimos perdices. Fin.

Podéis dejar de leer aquí, sería lo mejor.

¿No? En fin, como queráis.

Pasado un tiempo, los menguantes intentos de la población original de la ciudad por expulsarnos desaparecieron por completo. Para mis compañeros era una victoria, pero yo no podía evitar intranquilizarme. ¿Cómo sabíamos que realmente habían aceptado nuestra presencia allí? ¿No era posible que cambiasen de táctica, que aceptasen que por la fuerza no nos expulsarían y estuvieran preparando otro curso de acción? Para los demás, yo era un paranoico que intentaba arruinarles la celebración, y desoían mis sospechas en el mejor de los casos, llegando en otras ocasiones a insultarme e incluso, una vez, a intentar agredirme.

Estaba convencido de que seríamos castigados por nuestra arrogancia y creciente crueldad. Así que me limité a esperar, deseando que el tiempo me quitara la razón. No tuve esa suerte.

Una noche me desperté empapado en sudor, desorientado y tembloroso. Sentía una aguda migraña, que me impedía pensar coherentemente. Las paredes y el techo de la estancia parecían a punto de caer sobre mí, y me costaba mantener el equilibrio; no pude soportar más la creciente claustrofobia y salí a la calle. Allí me encontré con que no era el único que padecía este mal, sino que muchos de mis amigos y parientes se encontraban en las mismas circunstancias. Nadie parecía saber qué ocurría, y en mi mente se formaban muchas hipótesis: ¿nos habían envenenado? ¿Era alguna clase de hechizo? ¿Éramos castigados con una plaga por nuestros muchos pecados?

No lo sabía, pero no tardaría en descubrirlo. Todos nos dirigimos como autómatas a un bosque cercano, obedeciendo una orden nunca pronunciada, donde una extraña presencia parecía ocultarse entre las sombras, observando. En los breves instantes en que quedó iluminado por los rayos lunares que se filtraban entre las desnudas ramas, distinguí a un hombre completamente desconocido para mí, cuyas ropas no se parecían demasiado a las usadas por los habitantes del pueblo. En sus manos portaba un pequeño báculo que no distinguí bien, pero que me hizo sentir incómodo al mirarlo, como si alguien acabara de pisar mi tumba. Me adelanté con dificultad al resto de mis compañeros, intentando alcanzar al hombre, pero era inútil, se movía raudo y ágil entre los desahuciados árboles, como si la naturaleza fuera su aliada. Finalmente alcancé un claro, y el hombre se detuvo al borde de un acantilado, sonriendo. Le estudié mejor. Era enjuto, de una fuerza nervuda, y con piel cuarteada por los rigores de la vida nómada, lo que confirmaba mis sospechas de que no era un lugareño. Sus ropas estaban desgastadas y raídas, pero parecían ser de una extraordinaria calidad, como nunca había visto antes, aunque ese detalle se le escaparía a quien no observase con el debido detenimiento, quedándose tan solo con el aspecto sucio y desgastado de su atuendo. El bordón que portaba irradiaba una ominosa sensación mezcla de peligro y atracción, repulsa y deseo en uno; era de un material que no supe reconocer y que seguramente jamás había visto antes, y llevaba tallada una serie de orificios y runas que no pude interpretar. Aparté la vista, mareado tras la contemplación directa de tan poderoso objeto.

Mientras mi gente se acercaba, rodeándome en el claro, me preparé para arremeter contra esa especie de hechicero que habían enviado para atacarnos; al acercarme más a él, le miré directamente a los ojos. Sentí un escalofrío al ver el vacío en su mirada, la paralizante certeza de que no era exactamente humano, ni tampoco era nada que hubiese visto antes. Entonces sonrió, y usó de nuevo su báculo… con la más terrorífica de las consecuencias, ya que varios de mis compañeros, incluidos los dos hermanos que me quedaban, se vieron impulsados hacia el precipicio, desde donde cayeron gritando hasta estallar sus huesos contra el fondo. El pánico se propagó entre la multitud, que ahora pude comprobar que estaba formada por la totalidad de mi gente, incluidos los ancianos y niños; incluida ella. Pero no huyeron, hechizados por el poder del druida. Intenté varias veces atacar a nuestro verdugo, pero me resultaba imposible, mis miembros se negaban a obedecerme, traicionándome para jurar fidelidad a aquel extraño.

Vi cómo repetía varias veces la operación, enviándonos a la muerte por docenas, y noté el enfermizo placer que obtenía dejándome en último lugar, quizá castigándome por haberle desafiado en nuestro cruce de miradas. Cuando mi amada cayó, implorándome que la salvara, llorando y gritando y maldiciéndome por no ayudarla, me sentí morir; respiraba, pensaba y sentía, pero ya estaba muerto en mi interior. Y el resto de mi cuerpo no tardaría en estarlo, ya que no quedábamos apenas una docena en pie.

Perdida toda esperanza, enfrentados a un enemigo invencible, volví a mirarle, esta vez sin desafío en mis ojos, sin deseo de retarle. Y por primera vez, le vi como lo que era. No un hombre, no un hechicero, no un mercenario. Era la Muerte. La parca que venía a hacernos pagar por nuestros crímenes, a devolvernos el daño que habíamos hecho, a retribuir el dolor dejado en los habitantes de la ciudad. Sus ojos se mostraron vacíos de sentimiento alguno cuando usó por última vez su mil veces maldito bastón.

Antes de morir, mientras salté impulsado con toda la fuerza que me permitían mis cuatro patas, no pude evitar derramar lágrimas al mirar por última vez, más allá del bosque, las luces de la ciudad que había aprendido a amar… Hammelin.

La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.

22 May, 2006

Ficción.

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amistad

Hoy me has dado alas. Hoy me has hecho sentir especial, como jamás antes habían hecho. Tiemblo al recordar el momento, se me eriza el vello y humedecen los ojos. No quiero dejar de sentir esto. Antes, las miradas del bar se sentían en mi nuca, seguía teniendo miedo de que me reconozcan, asi que me puse una media en la cabeza antes de amenazar: “Tengo un corazón, y estoy dispuesto a usarlo“, y se callaron, asustados. O quizá simplemente no dije nada y les ignoré. Dejas escapar tus palabras una a una, a quemarropa, y su violencia emocional sigue sacudiéndome. Que alguien me haga la autopsia, encontrará más vida en mi interior que nunca. Cogí tu mano y la acaricié, la besé, besaste la mía y me contaste lo que nunca imaginé; y luego quitaste importancia a lo ocurrido, como si fuera una anécdota, un chiste, una curiosidad. Tan efímero como un castillo de arena bañado por las olas, o el tatuaje de un leproso. No eres consciente de lo que significa. El regalo más bello y valioso del mundo. Es triste reparar en el hecho de que la mayoría no sabría apreciarlo. Allá ellos, pobres idiotas; les compadezco. Jamás conocerán esta dicha.

17 May, 2006

Juntaletras

Escribir

Volví a escribir. Llevaba meses sin ser capaz, bloqueado, confuso, frustrado, nervioso… y volví a escribir hace poco. Y sigo escribiendo, a un mínimo de un microrrelato por día. Mi mente se despeja poco a poco. Funciona. No tenia esperanza, y lo cierto es que aún es pronto para saberlo ya que esto es algo a largo plazo, pero de momento parece que funciona. Nunca seré capaz de agradecer lo bastante a una de las personas que más quiero por ponerme sobre la pista de la solución.

Soy un pésimo escritor, lo sé, pero no aspiro a ser profesional así que me la traen floja mis carencias. Escribir relaja y anima, con eso me basta. Así que no juzguéis estos relatos con la dureza que merecen, sino como una simple celebración de la desaparición de un bloqueo. El primero, espero, de muchos.

1 - Ley y orden

Siendo ciego y paralizado de cuello para abajo, su prodigiosa voz era su única compañía y consuelo, que le fue arrebatada cuando un representante de la Sociedad de Autores puso fin a su abuso de melodías y letras licenciadas cortándole las cuerdas vocales.

2 - El rey del mundo

Era el más fuerte, el más grande, el temible; todos le respetaban y temían, el patio de recreo era su reino, los demás niños éramos sus súbditos, y su reinado continuaba en las pesadillas de sus víctimas. Hace poco volví a verle, me pareció tan pequeño y vulnerable… le di unas monedas para que pudiera llevarse algo a la boca.

3 - Cosas de enamorados.

Nadie le dijo nada, pero de alguna manera intuyó que lo que sorprendía y escandalizaba a sus amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conciudadanos no era que amara tanto a su esposa que no fuera capaz de separarse permanentemente de ella, sino que para lograr tal fin llegase al extremo de cortarle su mano izquierda y llevarla siempre colgada del cuello.

4 - Ella lo sabe

Cuando él sonríe sin razón aparente, ella sabe que le hace feliz con su sola presencia. Cuando él la mira y después esquiva su mirada, ella sabe que él se avergüenza al contemplar sus hermosos ojos. Cuando él queda mudo y triste, ella sabe que él no alberga esperanzas de compartir su vida. Cuando él es transparente como la mirada de un niño, ella sabe que la ama.

5 - Crónicas de guerra.

Hecho sin precedentes, los soldados de ambos bandos arrojaron sus armas al suelo y se reunieron en tierra de nadie para entablar amenas conversaciones con las que dilucidar qué parte tenía la razón, hallando tras varias horas que toda parte tenía sus razones así como su parte de culpa, y resolvieron tras un multitudinario apretón de manos que a partir del día siguiente siempre colaborarían en resolver sus mutuas necesidades amistosamente.
El general despertó de su pesadilla empapado en sudor.

6 - Felices para siempre

La celebración de sus bodas de plata se llevó a cabo sin incidentes, obviando la irrupción, rápidamente corregida a la fuerza por la numerosa descendencia de la pareja, de un inoportuno inspector de sanidad que se obstinaba en decir que si iban a mantener en una casa particular los cuerpos de ambos cónyuges, al menos deberían embalsamarlos.

7 - Vacía

No puedes celebrar tu éxito, aunque querrías. No puedes demostrarle al mundo cuánto has mejorado. Nadie lo ve; sólo perciben el olor de las llagas en tus dedos, cuyas huellas dactilares has quemado como un futuro genio criminal de película. Sólo ven los blancos mástiles pugnando por salir a flote de entre tu fláccida carne. No prestan atención a nada que no sean tus amarillentos cortadores, tu rostro mutante o esos cambios de humor que ya no pueden achacar a tus ahora inexistentes visitas mensuales.
Sabes que deberían felicitarte, que estás alcanzando la perfección expulsando tras cada comida esas partes que no te gustan de ti. Y poco a poco te vas quedando vacía.

8 - Protesta

No sólo llegaba tarde, sino que sus nervios se crispaban debido al estridente escándalo que entraba por sus ventanillas. Manifestó su repulsa al creciente bullicio haciendo sobar su claxon una y otra vez; a su alrededor, cientos de conductores hacían lo mismo.

9 - Gourmet

No es comer carne a diario lo que me molesta, cariño, sino el hecho de que no te tomes la molesta de desnudar antes a los ingredientes - le decía un tanto irritado a su esposa mientras depositaba en el plato un ensangrentado alfiler de corbata.

10 - Recuerdo

No fue su beso, ni el rubor en sus mejillas, ni la forma entrecortada de decirle “no quiero que te vayas”, palabras sin duda más bellas que un trillado “te quiero”. Fue el acto de generosidad extrema que supuso usar el cutter. Nunca antes una mujer le había entregado así su corazón, y recibió la víscera tan estremecido como sorprendido. Fue entonces cuando supo que ella le amaba tanto como él a ella.
Deseó atesorar este recuerdo que de alguna manera serviría para soportar mejor la idea de que ella nunca sería suya en el mundo de la vigilia. Pero al despertar el recuerdo se disipó, como ocurría con todos sus sueños. Se pasó todo el desayuno con ganas de llorar, sin poder imaginar por qué.

11 - Última llamada

Él tenía las manos sudadas por el calor y la tensión provocados por la discusión de esa mañana. Ella siempre le grita y un rato después le llama para pedirle disculpas, rutina que él estaba empezando a odiar. Oye el estridente sonido de la sierra eléctrica con la que tratan de separar el humeante metal, y trata de aclarar su mente. Difícil empeño cuando la presión sanguínea baja a ritmo alarmante. Nota las manos húmedas y pegajosas, trata de abrir los ojos. En su mano derecha está el móvil, tiene una perdida. Es pequeño, ligero, de última generación, regalo de ella. La echa de menos al darse cuenta de que no volverá a verla. Te sacaremos de ahí, le dicen, tranquilo. Está tranquilo. La incertidumbre genera nerviosismo, la certeza de la muerte tranquiliza. Lamenta la pelea que tuvo lugar poco antes de que él cogiera el coche, enfadado y frustrado. Antes de coger la autopista por encima de la velocidad permitida, antes de sobresaltarse por el timbre, de que el pequeño móvil resbalase de sus húmedas manos al suelo. Antes de pasar once largos segundos con la cabeza hundida tras el volante tratando de alcanzar el escurridizo aparato.






















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