Segunda Temporada

11 September, 2007

Autoinmolación

Filed under: Personal

arte

Recientes sucesos en mi vida me han hecho plantearme una serie de cuestiones. Una de ellas, no la menos importante, sobre la interacción social y la forma en que buscamos a nuestros afines.

Un compañero de trabajo, cuando le comenté una serie de cosas sobre ciertas personas, me dijo que quizá trataba con gente demasiado joven. No es que él sea mayor que yo (tiene 26), pero se acerca más a mi edad que la mayoría de gente con la que trato actualmente. Me hizo plantearme si sería cierto que esa diferencia de edad afecta más de lo que creía a las relaciones entre personas, y si mi opinión contraria a esa tesis se debe más a una obstinada negación de lo evidente que a una constatación real de los hechos. Hasta ahora me había aferrado a mi excelente opinión de un reducidísimo grupo de personas bastante menores que yo, pero ahora me doy cuenta de que no son una muestra válida, sino excepciones a la regla. Lo cierto es que la gente demasiado joven es incompatible conmigo, y cada vez es más evidente este hecho.

También he estado pensando en las rutinas, gustos, aficiones… en cómo a veces creemos disfrutar más de algo sólo porque realizamos esa actividad con gente que nos agrada, y cuando volvemos a realizarla con otras personas, no entendemos por qué no nos gusta. Cuando nuestra permeabilidad al condicionamiento pavloviano pierde fuerza, empezamos a sentirnos bien sólo con las actividades que realmente nos gustan, no con las que gustan a los demás. Y entonces tienes que explicar por qué ha dejado de gustarte algo que antes te entusiasmaba hacer con las mismas personas. Son cosas que pasan.

Aparte, me percato de que sólo existen dos tipos de personas. Por un lado aquellas que tienen intereses creativos, que se manifiestan de muchas posibles maneras, aunque me centraré en el arte. Se trata de personas que se esfuerzan sin esperar nada a cambio más que la satisfacción de haber mejorado en alguna de sus facetas. Me enorgullece formar parte de este colectivo; cuando escribimos o dibujamos, o mediante la escultura, música o cualquier otra arte, contemplamos nuestra labor y sabemos que hemos liberado parte de nuestro interior, que hemos entregado a los demás una pequeña parte de nosotros. Es hermoso sentir que lo que haces ahora no podrías haberlo hecho hace un año, que estás aprendiendo, que has sabido expresar, mejor o peor, lo que buscabas. Es una sensación única.
Luego está el segundo grupo. Aquellos que carecen de todo interés creativo, que jamás crean, sólo compran. Aquellos que deben presumir de sus bienes realizados por terceros, proyectando su débil ego en la admiración que sus posesiones provocan. Siento auténtica lástima por aquellos que jamás sentirán la emoción del creador, pues no hay mayor tristeza que ser incapaz de expresarse. Pero lo realmente triste es que todo individuo, sin excepción alguna, tiene la semilla de la creación en su interior, y aquellos que han decidido dejar que se marchite usando esa falacia llamada “talento” como pobre excusa para no cultivar sus dones, han renunciado voluntariamente a una de las más extraordinarias experiencias que un ser humano puede sentir.
A ellos les digo: lo siento por vosotros.

Por último, me gustaría poner el último clavo de mi autocrucifixión de hoy recordando una anécdota de hace un par de años. Estábamos por Madrid unos amigos, y reposando en un portal hablando de lo divino y lo humano, me comentó uno de mis compañeros de andanzas que se hizo gótico porque pensaba que los góticos eran especiales, diferentes, ajenos a la hipocresía y estupidez de la mayoría de la gente. Una especie de casta especial, por así decirlo. Un tiempo después, y habiendo conocido a muchísimos góticos, su conclusión fue que eran tan estultos, ladinos y mezquinos como el que más. Eso sí, conservó su estética, pero dejó de sobrevalorarlos.
Bien, pues tengo que decir, a riesgo de ser apedreado (que lo seré) que pasa exactamente lo mismo con los frikis (entendiendo el término en su sentido no peyorativo, de aficionado a cómic, juegos de rol y otras formas de ocio denostadas por la mayoría). Hay quien cree que son especiales, más tolerantes, más sinceros, más sensibles; incluso que son más inteligentes, más esforzados o que leen más que la mayoría de la gente. Menudo montón de tópicos de mierda. No hay ninguna puñetera diferencia entre la mayoría de los frikis y la gente normal; las mismas estupideces, la misma hipocresía imperante, incluso la misma justificación de las injusticias por medio de sofismas o, si es menester, amenaza de violencia. Tan triste como cierto.

Y ahora ya tenéis material, si es que lo necesitábais, para mi lapidación de esta semana.






















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