Asientos azules

Los asientos son azules. Plástico azul, como las asas de mis tijeras de podar. El jardín está hecho un desastre, y los vecinos se niegan a atar a su puto perro. Un día el desastre se lo encontrarán ellos, cuando les deje su chucho abierto en canal frente a la puerta de casa, a la hora en que sus hijos vuelven del colegio. Es un colegio pijo, de los más caros de la ciudad, y no es una ciudad pobre, ni pequeña. Yo crecí en un pueblo que sí era pequeño, nos conocíamos todos. Allí el médico te conoce y conoce a tu familia; no me habría preguntado si tengo alguna. Ni me habría mirado con esa cara, como sorprendido de que siga con vida. Me sorprendió que el perro se resistiera así; ni siquiera podía saber qué iba a hacerle, no llegó a ver las tijeras de podar que llevaba en la mano izquierda. No siento las manos. El doctor me dijo que lo sentía, que no podía hacer nada por ahora, que había que esperar al cirujano. No sé por qué tanto alboroto por unas tijeras. Mis tijeras de podar son de acero inoxidable, con asas de plástico duro, y hacen que me pese la cabeza. Es incómodo estar así, esperando sentado, intentando mantener la cabeza derecha. Me cuesta pensar en linea recta. Delante hay una hilera de asientos. Los asientos son azules. Plástico azul, como las asas de mis tijeras de podar.