Sola en invierno

Llevaba ya un buen rato despierta, pero tardó en encontrar una razón para levantarse. Como todos los días. Finalmente decidió que algo de actividad la ayudaría a olvidarse de su soledad más que la pasividad horizontal en que se hallaba sumida. Tomó una ducha y se preparó un café, preguntándose inquieta cuánto más tardaría en dejar de tener agua corriente. Nada le impedía cambiar de casa, pero sabía que eso no resolvería ninguno de sus problemas. Como solía hacer cada mañana, contempló desde su ventana el blanco paisaje al que ya se había acostumbrado. Los árboles proyectaban desnudos relámpagos hacia el cielo gris mientras coches, buzones y otras piezas de mobiliario urbano lucían sus plateadas capas. Pero algo era hoy diferente.
La taza estalló en pedazos al chocar contra el suelo, pero ella no se cortó sus descalzos pies, pues ya trotaba escaleras abajo, sin haberse parado siquiera a cerrar la puerta de casa. llegó exhausta a la calle, y se arrodilló comprobando que no estaba equivocada: la gruesa capa de blanca ceniza que cubría la calle había sido hollada por pisadas humanas. Rompió a llorar mientras seguía las huellas, embriagada de esperanza y alegría. No estaba sola en el invierno nuclear.