Invierno

La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.
Cuando la vi por primera vez, pensé que jamás estaría a mi alcance. Demasiado bella, demasiado lista, demasiado perfecta. No es que esa sea la clase de preocupación más habitual entre nosotros por aquel entonces; de hecho, cuando ves los cadáveres de tus hermanos jalonando el camino que dejas atrás, el codiciado beso de una bella dama se desdibuja en tu mente.
El invierno estaba resultando aún más duro que de costumbre; el alimento escaseaba, nos fallaban las fuerzas, nuestras mujeres estaban débiles y la mayoría de nuestros hijos morían antes de alcanzar una edad en que pudieran perdonarnos por no haber podido salvarles. En estas circunstancias, ¿cómo podría plantearle a ella ser mi pareja? Sería cruel traer descendencia sólo para condenarla a muerte.
Varias veces alcanzamos una aldea, y siempre fuimos expulsados con violencia de ella. Sus habitantes defendían con uñas y dientes lo poco que les quedaba, y estábamos demasiado débiles para imponerles nuestra presencia. Pero no podíamos seguir huyendo indefinidamente, necesitábamos un lugar en el que quedarnos, en el que darles un futuro a nuestros hijos.
La noche en la que llegamos a ver esta ciudad por primera vez, creímos que nunca podríamos entrar. Pero era mayor la desesperación que la prudencia, y la promesa de un futuro mejor estaba escrita en las luces de los candiles, las risas de los lugareños enclaustrados aún en la taberna más cercana y el humo que manaba de los cientos de chimeneas que jalonaban los tejados. Si no era aquí, no sería en ninguna parte. Entre quedarnos por la fuerza o morir en la tundra helada, no había más que una elección posible.
El comienzo fue difícil; tal como esperábamos, no fuimos recibidos con hospitalidad, sino con odio y miedo. Antes de que pudiéramos tratar de comunicarnos con los ciudadanos, mataron a varios de los nuestros, incluido uno de mis hermanos. Debería haberles odiado por eso, pero incluso mientras veía cómo su cadáver era descuartizado por perros, sólo sentía la necesidad de calmar nuestra hambre, sin importarme cuántos más cayeran. Sin importarme si yo sería el próximo en caer; siempre sería mejor eso que el hambre.
Pasó el tiempo y quizá nuestra insistencia, quizá su falta de fuerzas, nos permitió vencer su resistencia inicial y conquistar la ciudad. Ya no teníamos escrúpulo alguno en hacer lo que fuera necesario para obtener nuestro sustento, y los lugareños experimentaron la rabia y el rencor de quienes han visto morir a sus amigos y familiares, y poco a poco se fueron sometiendo a nuestra voluntad.
Debería mencionar que ella, la inalcanzable, accedió a mi proposición. No es un final memorable para una historia de amor, ¿verdad? No hay tragedia, no hay lucha contra otros pretendientes, ni reticencia inicial por su parte. Fue muy simple, hablé con ella y me aceptó. Fuimos felices y comimos perdices. Fin.
Podéis dejar de leer aquí, sería lo mejor.
¿No? En fin, como queráis.
Pasado un tiempo, los menguantes intentos de la población original de la ciudad por expulsarnos desaparecieron por completo. Para mis compañeros era una victoria, pero yo no podía evitar intranquilizarme. ¿Cómo sabíamos que realmente habían aceptado nuestra presencia allí? ¿No era posible que cambiasen de táctica, que aceptasen que por la fuerza no nos expulsarían y estuvieran preparando otro curso de acción? Para los demás, yo era un paranoico que intentaba arruinarles la celebración, y desoían mis sospechas en el mejor de los casos, llegando en otras ocasiones a insultarme e incluso, una vez, a intentar agredirme.
Estaba convencido de que seríamos castigados por nuestra arrogancia y creciente crueldad. Así que me limité a esperar, deseando que el tiempo me quitara la razón. No tuve esa suerte.
Una noche me desperté empapado en sudor, desorientado y tembloroso. Sentía una aguda migraña, que me impedía pensar coherentemente. Las paredes y el techo de la estancia parecían a punto de caer sobre mí, y me costaba mantener el equilibrio; no pude soportar más la creciente claustrofobia y salí a la calle. Allí me encontré con que no era el único que padecía este mal, sino que muchos de mis amigos y parientes se encontraban en las mismas circunstancias. Nadie parecía saber qué ocurría, y en mi mente se formaban muchas hipótesis: ¿nos habían envenenado? ¿Era alguna clase de hechizo? ¿Éramos castigados con una plaga por nuestros muchos pecados?
No lo sabía, pero no tardaría en descubrirlo. Todos nos dirigimos como autómatas a un bosque cercano, obedeciendo una orden nunca pronunciada, donde una extraña presencia parecía ocultarse entre las sombras, observando. En los breves instantes en que quedó iluminado por los rayos lunares que se filtraban entre las desnudas ramas, distinguí a un hombre completamente desconocido para mí, cuyas ropas no se parecían demasiado a las usadas por los habitantes del pueblo. En sus manos portaba un pequeño báculo que no distinguí bien, pero que me hizo sentir incómodo al mirarlo, como si alguien acabara de pisar mi tumba. Me adelanté con dificultad al resto de mis compañeros, intentando alcanzar al hombre, pero era inútil, se movía raudo y ágil entre los desahuciados árboles, como si la naturaleza fuera su aliada. Finalmente alcancé un claro, y el hombre se detuvo al borde de un acantilado, sonriendo. Le estudié mejor. Era enjuto, de una fuerza nervuda, y con piel cuarteada por los rigores de la vida nómada, lo que confirmaba mis sospechas de que no era un lugareño. Sus ropas estaban desgastadas y raídas, pero parecían ser de una extraordinaria calidad, como nunca había visto antes, aunque ese detalle se le escaparía a quien no observase con el debido detenimiento, quedándose tan solo con el aspecto sucio y desgastado de su atuendo. El bordón que portaba irradiaba una ominosa sensación mezcla de peligro y atracción, repulsa y deseo en uno; era de un material que no supe reconocer y que seguramente jamás había visto antes, y llevaba tallada una serie de orificios y runas que no pude interpretar. Aparté la vista, mareado tras la contemplación directa de tan poderoso objeto.
Mientras mi gente se acercaba, rodeándome en el claro, me preparé para arremeter contra esa especie de hechicero que habían enviado para atacarnos; al acercarme más a él, le miré directamente a los ojos. Sentí un escalofrío al ver el vacío en su mirada, la paralizante certeza de que no era exactamente humano, ni tampoco era nada que hubiese visto antes. Entonces sonrió, y usó de nuevo su báculo… con la más terrorífica de las consecuencias, ya que varios de mis compañeros, incluidos los dos hermanos que me quedaban, se vieron impulsados hacia el precipicio, desde donde cayeron gritando hasta estallar sus huesos contra el fondo. El pánico se propagó entre la multitud, que ahora pude comprobar que estaba formada por la totalidad de mi gente, incluidos los ancianos y niños; incluida ella. Pero no huyeron, hechizados por el poder del druida. Intenté varias veces atacar a nuestro verdugo, pero me resultaba imposible, mis miembros se negaban a obedecerme, traicionándome para jurar fidelidad a aquel extraño.
Vi cómo repetía varias veces la operación, enviándonos a la muerte por docenas, y noté el enfermizo placer que obtenía dejándome en último lugar, quizá castigándome por haberle desafiado en nuestro cruce de miradas. Cuando mi amada cayó, implorándome que la salvara, llorando y gritando y maldiciéndome por no ayudarla, me sentí morir; respiraba, pensaba y sentía, pero ya estaba muerto en mi interior. Y el resto de mi cuerpo no tardaría en estarlo, ya que no quedábamos apenas una docena en pie.
Perdida toda esperanza, enfrentados a un enemigo invencible, volví a mirarle, esta vez sin desafío en mis ojos, sin deseo de retarle. Y por primera vez, le vi como lo que era. No un hombre, no un hechicero, no un mercenario. Era la Muerte. La parca que venía a hacernos pagar por nuestros crímenes, a devolvernos el daño que habíamos hecho, a retribuir el dolor dejado en los habitantes de la ciudad. Sus ojos se mostraron vacíos de sentimiento alguno cuando usó por última vez su mil veces maldito bastón.
Antes de morir, mientras salté impulsado con toda la fuerza que me permitían mis cuatro patas, no pude evitar derramar lágrimas al mirar por última vez, más allá del bosque, las luces de la ciudad que había aprendido a amar… Hammelin.
La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.
Muy bueno!
Ya lo había leído, o por lo menos un esbozo de lo que es ahora, y debo decir que la primera vez me quedé de piedra, me encantó! ^^
Escrito por Estrella nómada — 2 July, 2006 @ 9:31 pm
me encanta ^^ sobre todo esa palabra final que le da mas sentido al relato ^_^
Escrito por La pequeña psicopata — 2 July, 2006 @ 10:29 pm
No sé, sigo pensando que es demasiado largo, y que al final describo demasiado explícitamente al exterminador. Pero bueno, ya no lo voy a cambiar. De todos modos en el foro en el que lo he colgado está gustando bastante.
He cambiado una frase que no acababa de encajar; tan sólo he alterado un tiempo verbal, pero ahora queda mejor. Aparte, tengo que aprender a medir mejor el ritmo de las oraciones y párrafos, es en lo que más fallo, por lo que veo.
Escrito por El Escritor de recuerdos — 3 July, 2006 @ 12:06 am
mmmm…. buenas… soy nuevo acá, aunque Ozymandias me conoce, (mmm supongo que los mmm me delatan… mmm)
OJO SPOILERS
pues , mmm, me ha gustado el relato,se lee muy bien, principalmente por tu forma de narrar. lo leí el otro día, cuando me lo pasaste, y me gustó, principalmente por dos cosas: la forma en que está escrito, desde el punto de vista del prota, cuya especie desconocemos, pero cuya forma de pensar es muy semejante a la humana. Al leerlo, da la impresión de que en el fondo, a todos nos preocupa lo mismo.
Segundo, el final, en el que se revela, que no son hombres, por mucho que lo parezca, y que es una reelaboración de un famoso cuento de hadas, desde el punto de vista de los vencidos y exterminados.
Errores: mmmm más que nada, de estilo: a veces parece qque intentas apartarte demasiado del lenguaje mundano, para hacerlo más literario, y se nota artificioso:(pej: “cuando ves los cadáveres de tus hermanos jalonando el camino que dejas atrás, el codiciado beso de una bella dama se desdibuja en tu mente.” no quiero decir con esto que esté mal, pero en todo el relato tiendes a usar un lenguaje menos pedestre, y cuando escribes una frase como esta, choca.)
Otro error de estilo: este es muy leve, e igual es cosa mía, pero a mi parecer, hay veces en los que la voz narrativa, en vez de parecerse a la humana,que es lo que predomina, y lo que le viene mejor al relato,se hace mucho más simple y te hace sospechar que los protas no son humanos sino animales.
Escrito por El Profesor Keating — 21 July, 2006 @ 7:28 pm