Segunda Temporada

27 July, 2006

Cuerpo de recambio.

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Cerebro

Pienso mucho en el pasado, es uno de mis defectos. Eso dicen. Todo lo que hizo este finde no ha hecho más que aumentar mi desasosiego y sentimiento de culpa respecto a ella. Sé que no leerá esto, quizá por ello me resulta más fácil escribirlo que decirlo.

Oído

Lo malo de tener oídos es que uno se expone a oir según qué cosas. Tanto ensordecedores griteríos en la Euskal a modo de bárbara protesta, como rumores inconcebibles que, Moore sabrá por qué, algunas personas se empeñan en creer. Ambos cansan por igual.

Hígado

Generosidad sin límite, favores debidos y no cobrados. Problema acuciante que no habría resuelto de ninguna manera sin su ayuda. Gracias, mil gracias por poner la solución a mi alcance. No lo olvidaré.

Corazón

Mis latidos se aceleran, mi respiración se entrecorta, mi pulso se desboca. Sólo de oir pronunciar su nombre. Pero es mejor y más fuerte que yo, y por eso sé que me perdonará estas lineas.

Pierna

Músculos obedeciendo, piel recuperando elasticidad, dolor menguando… cóctel de fármacos, ansiado maná corriendo por mis venas y soldando cables sueltos. En unos días, como nuevo.

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Recomendación del día: Bajáos la serie La Casa de los Dibujos, brutal serie de animación sobre una serie de personajes animados que viven en una casa a lo “gran hermano”. Impagable.

16 July, 2006

Ritual

Filed under: Personal

Infierno

Intento apartar de mi mente las ilustraciones sobre Infiernos Dantescos que tanto me gustaban. Grabaciones en blanco y negro sobre niños huyendo de bombardeos en Vietnam saturan mi mente sin poder evitarlo. Soy malo con la literatura, pero tengo un vastísimo almacén de imágenes en mi cabeza, que acuden a mí sin que se les llame.
Mientras el Agua Bendita recorre mi rostro, me digo que debo purgar esas ideas. Mi cuerpo apenas me obedece, mi piel se torna piedra como recorrida por la mirada de Medusa, y sé que pronto no podré andar. El Agua Bendita no es eterna, y salgo de la pila a duras penas, con la vana esperanza de que Lucifer se olvide de mí en las próximas horas.

No he tenido esa suerte.

Apenas puedo moverme, esta mañana fue un infierno salir de mi habitación (y porque debía ir al baño, de lo contrario no lo habría hecho), y cualquier postura (sentado, levantado o tumbado) provoca sus propios y elaborados dolores. Maldito sistema nervioso, algún dia le apuñalaré mientras duerme. Espero estar mejor mañana.

Muchas gracias a aquellos que ayer y hoy se han preocupado por mí, especialmente la Pebeta. Prometo tener más cuidado la próxima vez, ¿ok?

11 July, 2006

Cambios

Filed under: Personal, Proyectos

Audition

Por desgracia, mi musa se ausenta una semanita. Dura espera que hará más hermoso el reencuentro. Para entonces quizá ya tenga completo el primer paso de nuestro gran proyecto juntos.

Ingerir una luciérnaga diaria no destierra del todo las tinieblas, sólo las mantiene ocultas esperando un momento de vulnerabilidad. Las vi dos veces esta semana, y tuve miedo. No dejes que me alcancen, mi niña; antes debes quemarme hasta dejar sólo cenizas, que permitir que vuelva a cobijar esas aterradoras sombras.

Sangre y bilis, mala mezcla. Nada grave, de hecho los dolores y molestias, curiosamente, han tenido un efecto positivo sobre su carácter, cada día más reposado, amable y comprensivo. Los caminos del Señor son misteriosos.

Mientras aprendo a usar la última maravilla de los Midas de la edición, descubro cuando menos me lo espero que una de las personas más extraordinarias que he conocido en el último año está versada en una de las disciplinas que se me escapan. Ya tenemos otro miembro en el equipo.

He tenido con cierta persona la más grata conversación posible. Pese al temor inicial, mis dudas eran infundadas; su reacción ha sido óptima. Ahora sólo queda ver si cambiará nuestra relación, aunque todo apunta a que no será así. Gracias.

Extrañas felicitaciones, vasos derramados, sonrisas y lágrimas. La que quiero desde hace años y la que se gana mi afecto poco a poco, día a día. Tan distintas y tan parecidas en el fondo. Qué suerte tengo.

Nombres, nombres y más nombres. Qué difícil puede ser un bautizo. No quiero ni pensar lo mal que lo pasaríamos de tratarse de una circuncisión. Nos imagino a Fagor y a mí forcejeando con las tijeras mientras argumentamos hasta la exasperación sobre el mejor ángulo de corte.

3 July, 2006

Claridad

Filed under: Personal

NUMBERS

Veo las cosas con claridad. Al menos, más claras de lo que estaban antes, que tampoco es mucho decir. No es que todo haya terminado, de hecho algunos de los asomos no han desaparecido sino que sólo han disminuido. Pero, por primera vez en una tríada, razono con cierta claridad. Echo la vista al pasado y me pregunto en qué estaba pensando cuando actuaba de tan injustificable manera. Mi vergüenza no desaparece amparada en la excusa de mi estado; los hechos son los que son.

Sin embargo resulta difícil no acordarse de las palabras de aquella que siempre lo vio todo más claro. Siempre me dio la impresión de que, de todos cuantos me rodeaban, ella era la única que había salido de la caverna. Me advirtió de lo que ocurriría con todos y cada uno de aquellos a los que no conoció en persona, y acertó. Con precisión suiza. Habrá quien se enfade conmigo por leer lo que sigue, pero es la verdad: a veces aún la echo de menos.

Pero también miro con más claridad el futuro. Lealtades no flexibles, planes ambiciosos y vidas compartidas. Disidentes moribundos, rostros desfigurados y plantas, hechiceras enajenadas, embriones voraces y pudorosas no-madres, letras y runas, celadoras e internas. Visitas que espero con fervor, y otras visitas que haré yo.

Y mientras espero el futuro llegar, el presente me concede regalos como el de ayer. Tumbado sobre una mujer preciosa, de fondo cacofónicas y surrealistas conversaciones, puñales volando entre las risas de césares y brutos. Lluvia y sol, gusanitos y filipinos, equipo Fallout, fotos comprometidas, colmillos, voyeurs de la tercera edad y chibiperros.

Olvida el pasado. Es un buen presente. Será un buen futuro.

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Recomendación del día: Visitad Phylum Anima, entrad en discografía y bajaros el cuarto tema, Dream Within a Dream. Si no os gusta no merecéis vivir.

1 July, 2006

Invierno

Filed under: Creación propia, Relato

Invierno

La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.

Cuando la vi por primera vez, pensé que jamás estaría a mi alcance. Demasiado bella, demasiado lista, demasiado perfecta. No es que esa sea la clase de preocupación más habitual entre nosotros por aquel entonces; de hecho, cuando ves los cadáveres de tus hermanos jalonando el camino que dejas atrás, el codiciado beso de una bella dama se desdibuja en tu mente.

El invierno estaba resultando aún más duro que de costumbre; el alimento escaseaba, nos fallaban las fuerzas, nuestras mujeres estaban débiles y la mayoría de nuestros hijos morían antes de alcanzar una edad en que pudieran perdonarnos por no haber podido salvarles. En estas circunstancias, ¿cómo podría plantearle a ella ser mi pareja? Sería cruel traer descendencia sólo para condenarla a muerte.

Varias veces alcanzamos una aldea, y siempre fuimos expulsados con violencia de ella. Sus habitantes defendían con uñas y dientes lo poco que les quedaba, y estábamos demasiado débiles para imponerles nuestra presencia. Pero no podíamos seguir huyendo indefinidamente, necesitábamos un lugar en el que quedarnos, en el que darles un futuro a nuestros hijos.

La noche en la que llegamos a ver esta ciudad por primera vez, creímos que nunca podríamos entrar. Pero era mayor la desesperación que la prudencia, y la promesa de un futuro mejor estaba escrita en las luces de los candiles, las risas de los lugareños enclaustrados aún en la taberna más cercana y el humo que manaba de los cientos de chimeneas que jalonaban los tejados. Si no era aquí, no sería en ninguna parte. Entre quedarnos por la fuerza o morir en la tundra helada, no había más que una elección posible.

El comienzo fue difícil; tal como esperábamos, no fuimos recibidos con hospitalidad, sino con odio y miedo. Antes de que pudiéramos tratar de comunicarnos con los ciudadanos, mataron a varios de los nuestros, incluido uno de mis hermanos. Debería haberles odiado por eso, pero incluso mientras veía cómo su cadáver era descuartizado por perros, sólo sentía la necesidad de calmar nuestra hambre, sin importarme cuántos más cayeran. Sin importarme si yo sería el próximo en caer; siempre sería mejor eso que el hambre.

Pasó el tiempo y quizá nuestra insistencia, quizá su falta de fuerzas, nos permitió vencer su resistencia inicial y conquistar la ciudad. Ya no teníamos escrúpulo alguno en hacer lo que fuera necesario para obtener nuestro sustento, y los lugareños experimentaron la rabia y el rencor de quienes han visto morir a sus amigos y familiares, y poco a poco se fueron sometiendo a nuestra voluntad.

Debería mencionar que ella, la inalcanzable, accedió a mi proposición. No es un final memorable para una historia de amor, ¿verdad? No hay tragedia, no hay lucha contra otros pretendientes, ni reticencia inicial por su parte. Fue muy simple, hablé con ella y me aceptó. Fuimos felices y comimos perdices. Fin.

Podéis dejar de leer aquí, sería lo mejor.

¿No? En fin, como queráis.

Pasado un tiempo, los menguantes intentos de la población original de la ciudad por expulsarnos desaparecieron por completo. Para mis compañeros era una victoria, pero yo no podía evitar intranquilizarme. ¿Cómo sabíamos que realmente habían aceptado nuestra presencia allí? ¿No era posible que cambiasen de táctica, que aceptasen que por la fuerza no nos expulsarían y estuvieran preparando otro curso de acción? Para los demás, yo era un paranoico que intentaba arruinarles la celebración, y desoían mis sospechas en el mejor de los casos, llegando en otras ocasiones a insultarme e incluso, una vez, a intentar agredirme.

Estaba convencido de que seríamos castigados por nuestra arrogancia y creciente crueldad. Así que me limité a esperar, deseando que el tiempo me quitara la razón. No tuve esa suerte.

Una noche me desperté empapado en sudor, desorientado y tembloroso. Sentía una aguda migraña, que me impedía pensar coherentemente. Las paredes y el techo de la estancia parecían a punto de caer sobre mí, y me costaba mantener el equilibrio; no pude soportar más la creciente claustrofobia y salí a la calle. Allí me encontré con que no era el único que padecía este mal, sino que muchos de mis amigos y parientes se encontraban en las mismas circunstancias. Nadie parecía saber qué ocurría, y en mi mente se formaban muchas hipótesis: ¿nos habían envenenado? ¿Era alguna clase de hechizo? ¿Éramos castigados con una plaga por nuestros muchos pecados?

No lo sabía, pero no tardaría en descubrirlo. Todos nos dirigimos como autómatas a un bosque cercano, obedeciendo una orden nunca pronunciada, donde una extraña presencia parecía ocultarse entre las sombras, observando. En los breves instantes en que quedó iluminado por los rayos lunares que se filtraban entre las desnudas ramas, distinguí a un hombre completamente desconocido para mí, cuyas ropas no se parecían demasiado a las usadas por los habitantes del pueblo. En sus manos portaba un pequeño báculo que no distinguí bien, pero que me hizo sentir incómodo al mirarlo, como si alguien acabara de pisar mi tumba. Me adelanté con dificultad al resto de mis compañeros, intentando alcanzar al hombre, pero era inútil, se movía raudo y ágil entre los desahuciados árboles, como si la naturaleza fuera su aliada. Finalmente alcancé un claro, y el hombre se detuvo al borde de un acantilado, sonriendo. Le estudié mejor. Era enjuto, de una fuerza nervuda, y con piel cuarteada por los rigores de la vida nómada, lo que confirmaba mis sospechas de que no era un lugareño. Sus ropas estaban desgastadas y raídas, pero parecían ser de una extraordinaria calidad, como nunca había visto antes, aunque ese detalle se le escaparía a quien no observase con el debido detenimiento, quedándose tan solo con el aspecto sucio y desgastado de su atuendo. El bordón que portaba irradiaba una ominosa sensación mezcla de peligro y atracción, repulsa y deseo en uno; era de un material que no supe reconocer y que seguramente jamás había visto antes, y llevaba tallada una serie de orificios y runas que no pude interpretar. Aparté la vista, mareado tras la contemplación directa de tan poderoso objeto.

Mientras mi gente se acercaba, rodeándome en el claro, me preparé para arremeter contra esa especie de hechicero que habían enviado para atacarnos; al acercarme más a él, le miré directamente a los ojos. Sentí un escalofrío al ver el vacío en su mirada, la paralizante certeza de que no era exactamente humano, ni tampoco era nada que hubiese visto antes. Entonces sonrió, y usó de nuevo su báculo… con la más terrorífica de las consecuencias, ya que varios de mis compañeros, incluidos los dos hermanos que me quedaban, se vieron impulsados hacia el precipicio, desde donde cayeron gritando hasta estallar sus huesos contra el fondo. El pánico se propagó entre la multitud, que ahora pude comprobar que estaba formada por la totalidad de mi gente, incluidos los ancianos y niños; incluida ella. Pero no huyeron, hechizados por el poder del druida. Intenté varias veces atacar a nuestro verdugo, pero me resultaba imposible, mis miembros se negaban a obedecerme, traicionándome para jurar fidelidad a aquel extraño.

Vi cómo repetía varias veces la operación, enviándonos a la muerte por docenas, y noté el enfermizo placer que obtenía dejándome en último lugar, quizá castigándome por haberle desafiado en nuestro cruce de miradas. Cuando mi amada cayó, implorándome que la salvara, llorando y gritando y maldiciéndome por no ayudarla, me sentí morir; respiraba, pensaba y sentía, pero ya estaba muerto en mi interior. Y el resto de mi cuerpo no tardaría en estarlo, ya que no quedábamos apenas una docena en pie.

Perdida toda esperanza, enfrentados a un enemigo invencible, volví a mirarle, esta vez sin desafío en mis ojos, sin deseo de retarle. Y por primera vez, le vi como lo que era. No un hombre, no un hechicero, no un mercenario. Era la Muerte. La parca que venía a hacernos pagar por nuestros crímenes, a devolvernos el daño que habíamos hecho, a retribuir el dolor dejado en los habitantes de la ciudad. Sus ojos se mostraron vacíos de sentimiento alguno cuando usó por última vez su mil veces maldito bastón.

Antes de morir, mientras salté impulsado con toda la fuerza que me permitían mis cuatro patas, no pude evitar derramar lágrimas al mirar por última vez, más allá del bosque, las luces de la ciudad que había aprendido a amar… Hammelin.

La Muerte nos mira a los ojos mientras caemos al abismo, y sonríe.






















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