Saneando el rebaño.

De vez en cuando te enfureces con la humanidad; quizá el detonante sea esa oticia sobre el juez que puso en libertad a un asesino en serie pese a las protestas de los psicólogos que aseguraban que volvería a matar, o puede que fuese porque te has enterado de que llevan años pegando, insultando y escupiendo a una amiga tuya en su instituto, o tal vez sea un niño que muere porque sus padres se negaron a que se le realizara una transfusión debido a su Fe. Se trata de gente a la que no puedes poner rostro, no sabes quiénes son y desde luego ignoras si el resto del tiempo son personas maravillosas, generosas con sus allegados, gentiles y amables con todo el mundo, salvo en el momento en que obran de la manera descrita antes. Pero les odias. Piensas en toda la gente sin rostro que harías desaparecer del mapa para limpiar la sociedad.
Ese vecino que no sabe tocar la batería pero sí los cojones, que como no madruga, cree lícito despertar a todo el vecindario porque por el día no está inspirado, y el arte está por encima del civismo. Recuerdas las bromas crueles de ese niño cuya cara y nombre sí has olvidado, y sabes que si le vieras hoy día seguramente te pareceria mediocre, pequeño, ínfimo… pero entonces era un titán, y su mirada de fuego quemaba tu vida día a día. Piensas en los que te miran por encima del hombro porque no has leido tanto como ellos, demostrando que de verdad son tan estúpidos como para pensar que en los libros se aprende todo, y se creen superiores al resto de la especie, presumiendo de sus conocimientos, cuando en realidad tan sólo tratan de disimular su absoluta nulidad, pues en cuanto se ven sometidos al rigor de la vida real, esa que les enfrenta a retos que no pueden resolver recurriendo a citas célebres con las que hasta ahora epataban al prójimo, se mean en los pantalones porque cualquier mindundi de quien se habían burlado es capaz de superarles de largo. Gente de emociones fingidas, que te besan porque piensan que eres otro, ése que han creado en su cabeza, y te ofrecen un cariño de quita y pon que pasa de un individuo a otro, probándose personas como si de zapatos se tratase, sin darse cuenta de que no encontrarán nunca ese ideal, y en tan necia búsqueda dejan numerosos heridos tras de sí. Buscadores de elogios que a falta de talento para lograrlos de forma limpia, se dedican a apedrear a sus competidores, reales o potenciales, hasta ser los únicos en la pista de baile, tan mediocres que jamás triunfarán en la auténtica arena pero se conforman con los aplausos de saldo que les ofrecen sus engañados seguidores. Chulopiscinas que amedrentan al gafitas ante las chicas, que echan a los niños de la pista de basket para jugar ellos, que dan una patada al tablero de ajedrez cuando van perdiendo mientras miran con odio al oponente que ha sido tan estúpido de no dejarse ganar; gente que cree que toda la vida podrá usar la fuerza bruta para lograr sus objetivos y que, por desgracia, a veces aciertan en tal propósito. Profesionales de postín que relegan al ostracismo a cualquier novato que apunte maneras, tal es el miedo que tienen a que alguien les arrebate su trono, como engranajes oxidados que evitan que la maquinaria se engrase con piezas nuevas, perjudicando a toda la máquina. Galenos que en su soberbia ni miran al paciente que les visita, profesores que avergüenzan al alumnado en una repugnante búsqueda de morbosa satisfacción a través del maltrato, policías que desatienden las llamadas de auxilio, jueces que juegan con vidas ajenas con total impunidad, legisladores que someten a la sociedad a repetidos experimentos que ya han fracasado en todos los paises en los que se ha aplicado, gente que te apuñala por la espalda mientras mantiene una sonrisa en sus bellos labios, estafadores que aprovechan la confianza de una señora mayor para venderle mierda que no necesita a un precio que no se puede permitir, donjuanes que hablan con sensibilidad a las mujeres hasta que hunden su miembro en ellas y pasan a ser una estadística a la que no quieren volver a ver, gente que dice “yo no soy racista, pero me gustan las cosas ordenadas“, gente que sacude sus sábanas en la ventana en pleno mediodía, artistas que justifican sus plagios con errores informáticos sin sentir la más mínima vergüenza y además cobran millones por ello, nazis con corbata que prohibirían lo que no les gusta “por el bien de la sociedad“, críticos sin talento que someten a linchamiento a autores brillantes por razones tan absurdas como su lugar de nacimiento, el género artístico elegido o la ideología política o religiosa, público que echa pestes de películas que no han sido capaces de comprender, niños y no tan niños que son incapaces de quedarse calladitos en el cine, viejas con paraguas que se pegan a la paredes para que quienes no lo llevan tengan que calarse, conductores ebrios de alcohol o de estupidez que se juegan su vida y la ajena…
Cuando terminas de contar, te salen varios miles de millones de personas, y entiendes qué es lo que pasó por la cabeza de más de un genocida. Y sabes que ninguno de ellos eran tan diferentes del resto de nosotros como nos gustaría pensar.